Después de la depresión uno aprendió a convivir con el vacío, vivió una temporada flotando en ese no-espacio sin gravedad que al principio daba vértigo, y luego de que se acomodan las tripas a ese flotar por sobre todas las cosas, en ese momento exacto en el que podés dar vueltas hacia atrás y ahí al toque nomás girar hacia adelante, haciendo flipsflaps imaginarios y rulos giroscópicos, cuando empezás a darte cuenta que toooodo se puede convertir en algo muuuuy lúdico, ahí mismo te recibís de astronauta profesional, y no te queda otra que lanzarte a la vida sin preocupaciones de más nada, porque todo lo que necesitabas saber ya lo aprendiste:
Nada tiene sentido.
Y sin embargo todavía los domingos a la tarde siguen dando pataditas en las canillas de vez en cuando.
Es que es como haberse puesto hasta las tuercas con vino blanco en la adolescencia, lo olés y te da arcadas, entonces te gustaría tener la excusa perfecta para surfear el vacío y sentir que estás construyendo algo, una pareja, una familia por ejemplo, y ahí volvés a dimensionar lo terriblemente evidente: nos han formateado de un modo tan poderoso que cuesta extirpar el chip “la pareja es la salvación”, y ahí se lanzan esperanzados a que el/la otr@ te llene el vacío existencial.
Y nadie puede llenar el vacío de nadie.
En todo caso a veces dos que se quieren pueden intentar ayudar al otro a sobrellevar esa realidad, pero no es más que un pacto de solventar “faltantes”.
Y la realidad es que el vacío no es un faltante en el inventario de la gente, el vacio es tan solo eso, una realidad en la que hay que aprender a flotar libremente.
No es para todo el mundo flotar libremente.
Y a veces se le pierde el gusto, debo reconocerlo.
Es lo que hay.
Pero uno tiene los recursos para estimular el paladar.
Hace 16 años

