Espacio dedicado a mi pulsión cuasi onanista de expresar con palabras el exceso de conciencia de mí mismo que padezco. Y otras yerbas

domingo, 1 de marzo de 2009

Amateurismo


La relación que tenemos con el dinero nos define en un innumerable cúmulo de aspectos.
En lo personal estoy descubriendo que al respecto soy un adolescente con ese tema. Pfff.
Vivir de un empleo público te otorga una estabilidad fundante en este país de vaivenes rutinarios. Tener la vaca atada es un statu quo que atrofia iniciativas económicas; dicho así tal vez suene peyorativo lo que estoy diciendo, nos educan para triunfar, tener éxito profesional, generar sucesos económicos, pero vivir como vivo me permitió encarar con liviandad mi aprendizaje de las artes, y realmente estoy aprovechando esta realidad mía que de a ratos me cuesta sostener, pero que me da un saludable margen de maniobra a la hora de invertir mi tiempo para formarme en las áreas que he elegido para encauzar la necesidad que me genera mi patología: si no estoy creando constantemente me seco en el horno, necesito una y otra vez construír nuevos mundos con sus propias leyes para seguir con las ganas que tengo de levantarme cada día y sacarle el mayor jugo posible a todo lo que mis sentidos puedan disfrutar.
No me interesa ir corriendo tras los níqueles en una carrera que nos dicen que hay que hacer si querés tener el american way of life, yo vivo on my way.
Por otro lado, el dinero visto como honorarios que legitima el trabajo que uno hace es una cosa muy distinta.
Visto así el dinero se constituye como constructor de egos e identidades, y pelear cada uno de los centavos que se aspira a cobrar por un trabajo se convierte en una lucha con uno mismo mas que con el contratante, se ponen en juego tensiones que pretenden solventar las inseguridades propias mas que la búsqueda de un equilibrio entre contraprestaciones, y el concepto de profesionalismo aparece en el discurso que pretende legitimar las aspiraciones remuneratorias.
“Profesionalismo”, concepto que no se cae de la boca de quienes aspiran a ser tratados de mejor manera, profesionalismo dicho casi en detrimento del concepto “AMATEUR”, del francés: “amador”; el amateurismo es tomado como sinónimo de pasatiempo, como algo hecho a media máquina por jóvenes estudiantes o en los ratos libres que deja la cotidiana lucha por el mango diario que pague el puchero que la panza, verdadera tirana, ordena cada uno de los días que nos toca vivir en esta tierra; verdadero menosprecio por este maravilloso concepto; yo hago lo que hago porque amo hacerlo, me chupan los dos huevos quienes se definen como profesionales, y les pido que me ahorren el trámite de tener que escucharles sus discursos de autoayuda para que sus egos no se hundan en esta tierra tan farragosa como es el campo de las (sub)industrias culturales.
El amateur no pide la hora al referee, porque lo que quiere es jugar.

Nuestra relación con el dinero define muchas de las maneras en las que nos relacionamos con nuestro entorno, quienes tuvieron suerte en la lotería genética y desembarcaron en una familia con holgura económica no se vinculan tan traumáticamente con el mismo, “si no tenés padecimientos económicos es más fácil ser buen tipo” pensará un mal pensado; lo cierto es que uno puede elegir ser un miserable o no serlo más allá del abolengo de la cuna que le tocó en suerte (o mala suerte), se puede elegir relacionarse desde otro lugar y no necesariamente vivir limitados por nuestros condicionamientos.
Para eso somos libres, para elegir.
No es fácil salirse del esquema mental instaurado desde la cuna.
El software con el que vine de fábrica incluía el mandato de hacer mucho dinero, pero mis habilidades de reprogramador lo transformaron en otro mandato: debo evitar quedarme sin él (lo cual no es tan stressante, je, y me garantiza el sustento para mi panza).
Supongo que he encontrado un punto intermedio.
Pero nada es para siempre, y mi empleo público en algún momento (cada día más cerca) va a dejar de estar, por ello estos devaneos trasnochados insolventes.
Algo está cambiando

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